¿Por qué?

Vivimos en un mundo definido por la velocidad de los cambios. Un mundo que necesita cada vez más de ideas, de pensamientos, de valores humanistas, de la empatía. ¿Cómo dotamos de significado a los cambios de hoy?
Quienes se desenvuelven en las Humanidades y en las Ciencias Sociales suelen ser quienes plantean las preguntas esenciales. Los que cuestionan el status quo. Los que, en medio del vertiginoso ritmo de la inmediatez, de los resultados, de la productividad, se preguntan por el sentido de lo que hacemos, el sentido del ser humano.
¿De qué modo participamos en la globalización si no comprendemos quiénes somos y qué es aquello que nos hace singulares como personas, como ciudadanos, como nación? Sin las Humanidades no es posible traer al presente las lecciones del pasado, ni comprender mejor lo que nos hace humanos a través del arte y otras manifestaciones de la cultura, ni dotar a los acelerados cambios científicos y tecnológicos de un marco ético. Sin las Ciencias Sociales -como la Economía, la Sociología, la Geografía-, no es posible transformar el crecimiento económico en verdadero desarrollo: aquel que, más que riqueza, lo que crea es una sociedad equitativa, justa, creativa, humana.
Textos y entrevistas del sitio: Carmen Sepúlveda, periodista.

Juan Carlos Skewes, antropólogo UAH: “Como sociedad política no lo estamos haciendo bien; como comunidad creo que sí”

Julio, 2020 | Calidad de vida, Ciclo Incertidumbre, Covid-19, Cultura, Educación, Entrevista, Sociedad

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Y si la pandemia diera la posibilidad de renovarnos: ¿Qué tipo de sociedad nos gustaría ser? El director del Magíster en Antropologías Latinoamericanas de la UAH Juan Carlos Skewes, plantea que después de la pandemia puede haber una posibilidad de cambio. “Hay grupos sociales que están actuando de forma colaborativa y solidaria. Eso es esperanzador”, dice.

Desde su casa en Valdivia, Juan Carlos Skewes autor del libro “La regeneración de la vida en los tiempos del capitalismo: otras huellas en los bosques nativos del centro y sur de Chile”, explica que la pandemia es consecuencia de un desajuste entre el ser humano y los demás seres vivos. Y lo que es una catástrofe, puede ser una oportunidad para pensar nuestra forma de relacionarnos y visualizar un nuevo régimen político y social.

-La incertidumbre se instala en el mundo. ¿Qué fundamentos entrega la antropología para entender mejor este momento?-

– La vida obedece a un principio de incertidumbre y a la imposibilidad de saber si el futuro existe o no. De existir, ese futuro depende tanto de las acciones propias como la de los otros. En todas las sociedades, la incertidumbre es amortiguada, neutralizada y ocultada por los diseños sociales que dan forma a la comunidad, por las religiones y por una serie de mecanismos culturales muy diversos que crean la ilusión de estabilidad, esto es, la ilusión de que el mañana existe de la forma como existió el ayer. Y esa ilusión va a durar lo que las circunstancias siempre imprevistas de la historia determinen. En 1916 el zar Nicolás II se levantó como todos los días, tomó desayuno, hizo su vida y un par de años después, a fuerza de bayonetas, palos y disparos, era asesinado junto su familia. Era el fin del zarismo: lo que se tenía como una institución estable, se esfumó casi con la misma velocidad con que desapareció el imperio socialista que le sucedió y que también se pensaba eterno.

-¿Qué sucede con esos diseños sociales durante una crisis?-
– Los diseños sociales son apuestas o posicionamientos y es muy importante tenerlo presente porque en momentos de crisis se reblandecen, se desarman, caen y resulta que no eran lo que se creía que eran. Si en un determinado momento hay mucho apego a los modelos institucionales y a las certezas que da la sociedad uno queda sin respuesta frente al cambio.

-La antropología invita a interpretar cómo se están mirando los fenómenos y cómo se constituyen en ellos los actores, lo que permite visualizar los posibles derroteros que van a suceder a la pandemia. Aquellos grupos y personas que tienen una relación más flexible con los modelos establecidos, los más tolerantes y más abiertos tienden a tener mayor resiliencia, pueden sortear escenarios inciertos y dan con las respuestas que los momentos exigen. Las viejas conductas no funcionan en los nuevos escenarios, menos en una crisis como la que estamos viviendo.

“El pangolín es expulsado de su hábitat por la depredación humana”

-¿Cómo explicaría usted el coronavirus?-

– Desde la mirada contemporánea de la antropología, lo que hay es una relación inter-especies que aconseja fortalecer el mundo para que humanos, pangolines y murciélagos puedan existir y eventualmente convivir en los medios que resulten más protectores para cada uno de ellos. Lo que tenemos son seres vivos y seres humanos que en su interacción se desajustaron con consecuencias graves para ambos. Esto ocurre cada vez que se debilitan las regulaciones sociales y ambientales que operan a nivel local: tanto el tráfico de animales y la deforestación como la desigualdad social potencian el impacto del virus. Y más que eliminarlo, hay que pensar en cómo convivir con él y hasta qué punto neutralizarlo fortaleciendo justamente las condiciones que regulan las interacciones que son riesgosas.

El ejemplo del pangolín ilustra este punto, aun cuando sea difícil precisar que haya sido el vector intermediario en la transmisión del virus. El pangolín es expulsado de su hábitat por la depredación humana al mismo tiempo que su consumo, reservado para ricos y poderosos, es sintomático de la desigualdad social.

-¿Qué conceptos cree que han quedado fuera y que son necesarios para manejar este desajuste?-

-Uno de ellos es el concepto de la convivencia que ha permitido en otras sociedades enfocar la pandemia de otra manera. Por ejemplo, la ministra de Noruega, Erna Solberg, se reunió sin ningún asesor con los niños y niñas de su país y les preguntó cómo se sentían, qué temores tenían, les compartió sus propios miedos y en ese diálogo empezó a construir una relación horizontal entre un adulto y su comunidad. El tono social y emocional fue muy distinto, propio de un liderazgo centrado en la comunidad y amparado por conceptos como la convivencia.

-En la mayoría de los países donde se detuvo el contagio fueron gobiernos liderados por primeras ministras mujeres. ¿Qué tenían en común? ¿Cuáles fueron las ideas que les inspiraron? Los conceptos de cuidado, de cariño, de respeto y de confianza como ejes fundamentales fueron los orientadores de la política pública. Y es la confianza y el respeto lo que, como lo sugiere la antropología, permite una mejor adecuación de los seres humanos con las demás especies. El intercambio, la reciprocidad y la solidaridad del colectivo son imágenes que invitan a agruparnos y ver cómo en conjunto resolvemos la situación.

-¿Qué nuevas formas de relacionarnos se vislumbran?-
-El escenario actual está marcado por la desgracia, la pena, el dolor y la muerte, pero también es un escenario de oportunidades que abre espacios que no habíamos considerado antes. La situación es crítica, pero toda crisis tiene la posibilidad de regenerar la vida en otros términos. No vamos a volver atrás, no hay retorno, no sabemos cuándo se va a ir el bicho y no sabemos cuándo habrá una vacuna. Sabemos, sin embargo, que la forma en cómo nos vinculemos hoy, define en parte nuestro futuro. Es lo que ocurre a la gente que ha vivido circunstancias límites como un terremoto o el genocidio y que generan cuerpos sociales que perduran y uno vuelve a ellos como una fuente de inspiración y cambio. Lo que hagamos hoy es lo que condiciona el mañana. Desgraciadamente como sociedad política no lo estamos haciendo bien, pero como comunidad yo creo que sí. Hay elementos súper valiosos, se están abriendo espacios de reflexión y espacios de encuentro que antes no existían. Hay elementos de solidaridad, de preocupación por el otro que dan cuenta de una mayor integración con los demás.

“La felicidad de unos es la supervivencia del otro”

-¿Está de acuerdo con los que postulan que hay grupos privilegiados que no miran al otro ni siquiera por curiosidad de saber cómo enfrentan una crisis como ésta?-

-Nosotros, los académicos hombres y sin hijos en edad de crianza vivimos en condiciones muy privilegiadas, y no somos los llamados a dar las respuestas. Frente a la pregunta ¿Quiénes nos pueden enseñar más de lo que nosotros sabemos? ¿A quiénes tenemos que mirar? Yo sugiero no mirar a los privilegiados, porque ahí no están las respuestas. Aprendamos de los grupos humanos expuestos a la incertidumbre.
-Aquí, en el pueblo de Máfil, hay un circo que se quedó atascado durante la pandemia, y, con el pasar de los días, para sobrevivir, empezó a vender cuchuflíes y cabritas. Y la gente en sus casas, cuando pasa el camión del circo sale a mirar y les compra. Y se alegran. La felicidad de unos es la supervivencia del otro. Eso es una lección de solidaridad que viene del margen, desde grupos que no han sido privilegiados en un sistema como el nuestro. Hay que aprender de ellos, cómo enfrentarse a los escenarios de incertidumbre, porque pueden ser mucho más inspiradores.

-¿Cómo imaginar un mundo distinto?-

– Mirando hacia el futuro uno podría pensar cuatro escenarios distintos con dos ejes: por una parte, el de la confianza y la desconfianza y, por la otra, el del colectivismo versus el indvidualismo. Hay sociedades que son profundamente individualistas y desconfiadas que han sido catastróficamente ineficientes para el manejo de la pandemia como Estados Unidos y Brasil. Y en el otro extremo, está la sociedad de la confianza que cree en el nosotros y en sus instituciones, como Noruega e Islandia. Esos dos ejes van a dar resultados políticos, sociales y culturales bien distintos. La pregunta es cómo nos situamos entre estos dos ejes.

-¿Chile estaría en el eje del individualismo desconfiado?-

-Antes Chile no era tan desconfiado, la desconfianza ha tendido a incrementarse en los últimos años. En un sistema de individualismo desconfiado, las situaciones se resuelven al estilo de Hungría, con un populismo autoritario que proyecta en una figura histriónica a un salvador que va a proteger a su gente de los otros enemigos imaginarios que se nos inventa para el efecto. Esos enemigos pueden llamarse inmigrantes, ilegales, informales, la etiqueta que uno quiera, ese es el peor escenario.

En cambio, los grupos humanos que están enfrentados a un tema de desconfianza en un contexto colectivista, resuelven el problema a través de una institucionalidad centralista y autoritaria. El ejemplo más elocuente es China, donde las personas se saben dependientes unos de otros y de la fuerza colectiva encarnada en figuras autoritarias frente a las que poco pueden hacer.

Hay un tercer tipo de sociedades que confían en el Estado, un ejemplo de eso es Noruega, ellos tienen asentada la noción de que al final el problema se va a resolver porque sus responsabilidades individuales están muy bien demarcadas. Si, por ejemplo, en una actividad social se produce un accidente o un incendio en un país como Noruega, cada padre o madre no va a ir a buscar a su propio hijo, sino que va a proteger a quien tenga más cerca sabiendo que otro adulto hará lo propio con el suyo o suya. Esto permite resolver problemas graves. Es un Estado comprometido con su pueblo, garante de los derechos y exigente en cuanto a responsabilidades, y en consecuencia, sólidos para enfrentar este tipo de crisis.

Y luego hay un modelo de colectivismo con confianza, con una vocación colaborativa que en el mapa pandémico está representado por Nueva Zelanda. Ellos han asumido esta crisis con valores comunitarios y esto no es de ahora, es parte de su trayectoria histórica, ellos se entienden como una comunidad y eso está reflejado en la integración de los maoríes.

¿Cuál es la responsabilidad que tenemos nosotros como comunidad? Pavimentar el camino para establecer un régimen fundado en la equidad y en la ayuda mutua como medio para resolver los problemas.

-¿Cómo se construye esa confianza en el contexto nacional, donde la pandemia llega después de un estallido social?-

-La confianza se construye tanto desde abajo como desde arriba. Es responsabilidad de los líderes hacer los gestos que reclama el momento. Pero lo que he visto de parte de las autoridades en nuestro país es un desastre y, más que eso, un boicot permanente a la confianza. No hay liderazgos morales que se estén ejerciendo de forma educativa para el pueblo de Chile. Hay quienes, puedan señalar ese camino, especialmente mujeres, pero todavía estamos entrabados en la política menor. Felizmente, en esta pandemia muchas de las asambleas ciudadanas se han volcado en tareas solidarias; hay gente que se la juega por ahí. En ese sentido, no estamos tan mal, porque esos grupos sociales están actuando de forma colaborativa y solidaria y eso es esperanzador.

Links UAH:
Facultad de Ciencias Sociales
Departamento de Antropología
Postgrado UAH
Ediciones UAH

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