¿Por qué?

Vivimos en un mundo definido por la velocidad de los cambios. Un mundo que necesita cada vez más de ideas, de pensamientos, de valores humanistas, de la empatía. ¿Cómo dotamos de significado a los cambios de hoy?
Quienes se desenvuelven en las Humanidades y en las Ciencias Sociales suelen ser quienes plantean las preguntas esenciales. Los que cuestionan el status quo. Los que, en medio del vertiginoso ritmo de la inmediatez, de los resultados, de la productividad, se preguntan por el sentido de lo que hacemos, el sentido del ser humano.
¿De qué modo participamos en la globalización si no comprendemos quiénes somos y qué es aquello que nos hace singulares como personas, como ciudadanos, como nación? Sin las Humanidades no es posible traer al presente las lecciones del pasado, ni comprender mejor lo que nos hace humanos a través del arte y otras manifestaciones de la cultura, ni dotar a los acelerados cambios científicos y tecnológicos de un marco ético. Sin las Ciencias Sociales -como la Economía, la Sociología, la Geografía-, no es posible transformar el crecimiento económico en verdadero desarrollo: aquel que, más que riqueza, lo que crea es una sociedad equitativa, justa, creativa, humana.
Textos y entrevistas del sitio: Carmen Sepúlveda, periodista.

El Chile que no escuchó a Darwin

Octubre, 2015 | Calidad de vida, Medio ambiente

Claudia Urzúa

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El último tsunami que azotó la costa de la cuarta región y zona central, dejó clara la urgencia del manejo infraestructura costera que Chile necesita. Sin embargo, ya en 1835 Darwin había notado el mismo comportamiento de las aguas post terremoto, señala la autora de “Chile en los ojos de Darwin”, Claudia Urzúa, académica de la U. Alberto Hurtado. ¿Qué vio el inglés mientras recorría Chile? ¿Si Darwin lo evidenció, por qué no se ha hecho nada?

Fueron 20 meses que el naturalista inglés Charles Darwin recorrió costas y el interior del país a bordo del buque británico Beagle, bajo el mando del capitán Robert Fitz Roy. Fue durante esa expedición científica cuando vivió el terremoto 8,5° Richter que sacudió Concepción. Estaba justo en Valdivia cuando ocurrió el sismo. Al día siguiente tomó su caballo y se fue con Fitz Roy a Concepción, y ahí ve los estragos. “Todo lo que estamos viendo ahora, las casas en suelo y los barcos en la mitad del pueblo, él lo vio en 1835 en Talcahuano”, afirma la académica Claudia Urzúa. 

Cuando Darwin llega a Concepción comienza recopilar historias e inicia su crónica. “La horrorosa conmoción fue creciendo; apenas era posible tenerse en pie, los edificios se estremecían.  En menos de seis segundos, la ciudad era un montón de escombros. El ruido espantoso de las casas que se venían al suelo, el horrible crujir de la tierra que se abría y cerraba alternativamente en varias partes; los lastimeros alaridos de angustia y desesperación; las nubes de polvo que oscurecían el aire, la confusión, el terror de los infelices habitantes, presentaban una escena difícil de describirse”, señala Darwin. 

A continuación vinieron las réplicas que, como ahora, renovaban el temor en la población. En efecto, poco tiempo después del terremoto, el mar retrocedió dejando embarcaciones varadas. 

“Entonces -continúa el relato Darwin- vino una ola barriendo cuantas cosas movibles encontró, hasta 30 pies de altura sobre el nivel del pleamar. Inundó la mayor parte del pueblo. Después, otra, con más furia que la primera. Sus estragos, sin embargo, no fueron tan grandes, porque había ya poco que destruir”.

Según Urzúa, el explorador británico se dedicó también a analizar las consecuencias científicas que tuvieron el terremoto y posterior tsunami. Fue así como notó que “por algunos días después del terremoto, el flujo (del mar) no subió hasta la línea ordinaria. Esto dio motivo a creer que se hubiese alzado la tierra. La prueba de haberse elevado es que la isla de Santa María fue levantada realmente unos nueve pies”.  Estas observaciones, agrega Urzúa, se pueden replicar en lo que se vio después del terremoto del 2010, cuando la misma isla Santa María que Darwin describió, se elevó tres metros.

Claudia Urzúa

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